Capítulo XXII - El altar de los holocaustos. El pilón de bronce


Éx. 27, 1-8: (1) Harás un altar de madera de acacia de cinco codos de largo y cinco de ancho, cuadrado, y tres codos de alto. (2) A cada uno de sus cuatro ángulos pondrás un cuerno, que saldrá del altar, y lo revestirás de bronce. (3) Harás para el altar un vaso para recoger las cenizas, paleta, aspersorios, tenazas e incensario; todos estos utensilios serán de bronce. (4) Harás para él una rejilla de bronce en forma de malla, y a los cuatro ángulos de la rejilla pondrás cuatro anillos de bronce. (5) La colocarás debajo de la corona del altar, a la mitad de la altura de éste. (6) Harás para el altar barras de madera de acacia, y las recubrirás de bronce. (7) Pasarán por sus anillas y estarán a ambos lados del altar cuando haya de transportarse. (8) Lo harás hueco en tableros, como en la montaña te ha sido mostrado.

Éx. 30, 17-21: (17) Yavé habló a Moisés, diciendo: (18) “Haz un pilón de bronce con su base de bronce para las abluciones. Lo pondrás entre el tabernáculo de la reunión y el altar y pondrás agua en él, (19) de la que tomarán Arón y sus hijos para lavarse las manos y los pies. (20) Con esta agua se lavarán, para que no mueran, cuando entren en el tabernáculo de la reunión, cuando se acerquen al altar para el ministerio, para quemar un sacrificio a Yavé. (21) Se lavarán pies y manos, y así no morirán. Esta será ley perpetua para ello, para Arón y su descendencia de generación en generación”.

Éx. 38, 1-8: (1) Hizo el altar de los holocaustos de madera de acacia, de cinco codos de largo, cinco de ancho, cuadrado, y tres codos de alto. (2) A los cuatro ángulos hizo los cuernos, formando con él un solo cuerpo, y lo revistió de bronce. (3) Hizo todos sus utensilios, los vasos para la ceniza, las palas, las bandejas, los tenedores y los braseros. Todos los utensilios eran de bronce. (4) Hizo para el altar una rejilla de bronce, a modo de malla, y la colocó debajo de la cornisa del altar, hacia la mitad de él, por debajo. (5) Fundió cuatro anillos para las cuatro puntas de la rejilla de bronce, para recibir las barras. (6) Hizo las barras de madera de acacia y las revistió de bronce, (7) y pasó las barras por los anillos a los dos lados del altar, para transportarlo. Lo hizo hueco, en tableros. (8) Hizo el pilón de bronce con su base de bronce, con los espejos de las mujeres que velaban a la entrada del tabernáculo de la reunión.



Yavé, con una notable minuciosidad, había ordenado en Éx. 20, 24-25: Me alzarás un altar de tierra, sobre el cual me ofrecerás tus holocaustos…, si me alzas altar de piedras, no lo harás de piedras labradas…
Si yo le encargo a un operario que me construya un altar de tierra o de piedras sin labrar, y el tío lo fabrica con madera y bronce, ya tenemos garantizado el lío.
Por lo tanto, si se construye un altar que no es de tierra ni de piedras sin labrar, y si por el contrario se levanta un altar de madera y bronce, por mucho que mis iluminados amigos se empeñen en negarlo y por muchas rebuscadas justificaciones que pretendan alegar, nos encontramos con una flagrante desobediencia a la orden “divina”. Claro que, si el ”altar” no es un altar, el asunto cambiaría bastante.



De cualquier forma, antes de seguir adelante con el estudio de estos dos utensilios (la parrilla y el barreño), y recogiendo la promesa que efectué cuando se trató el tema del tabernáculo, ahora, en el momento en que vamos a referirnos al emplazamiento del altar de los holocaustos y la pila de agua, puede ser el momento de hacer una reseña del atrio.
Desde siempre, los edificios destinados al culto de las divinidades se han rodeado de un patio que solía tener la finalidad de aislar el templo, y que en muchos casos también servía como cementerio. En el Sinaí, y con el propósito de bloquear el acceso al Tabernáculo, Yavé ordenó que se acordonara una zona en torno al santuario.
El Tabernáculo, según nos dice Éx. 33, 7, además de estar situado a alguna distancia del campamento, está aislado y protegido por un patio rectangular de unos 1200 metros cuadrados (50X25), vallado de tablones y cortinas de 2, 5 metros de altura, y que es conocido como el atrio. Este atrio, que en la actualidad se denominaría piadosa parcelita, tenía su entrada por la parte oriental, y en su interior, posiblemente frente a esa puerta, en su parte más occidental, y con su acceso también orientando al este, se colocaba la Tienda de la Reunión ––que recordemos, era la parte de mayor superficie del Tabernáculo––. En el espacio existente entre la puerta de entrada a ese patio y la puerta de la Tienda de la Reunión, es donde, según consta en el Pentateuco, se instalaron otros dos muebles: El altar de los holocaustos y el pilón.



Estos dos nuevos utensilios, que incluyo juntos en el mismo capítulo a causa de su presunta instalación en el atrio, presentan, como todos los demás utensilios del Tabernáculo, algunas particularidades que no deben pasar por alto. Y yo mantengo la opinión de que, sin la menor duda, uno de ellos resulta un elemento o componente imprescindible para la comunicación y conexión de Yavé con los hombres.

Según el despistado cronista-sacerdote-levita, Yavé ha ordenado en Éx. 27, 1-8 y en Éx. 38, 1-7, que se construya un altar con cuernos, que sirva como asador o parrilla donde ofrecer holocaustos. Así mismo, en Éx. 30, 17-21 y también en Éx.38, 8, consta la fabricación de una pila o lavabo.
Pues muy bien, exceptuando el material utilizado para su construcción, nada o muy poco que objetar con respecto a la tinaja. Sin embargo, como ya iremos viendo al estudiar el llamado altar de holocaustos, resulta, que si ese utensilio, además de cuernos tuviese lengua, nos pediría a gritos que a los cuatro vientos lanzásemos cuatro impugnaciones:
  1. Que no es un altar.
  2. Que no estaba destinado para ningún tipo de holocausto.
  3. Que no era un asador.
  4. Que, tal vez, no estuviese situado en el atrio.
Como habrán podido advertir, la calificación de despistado aplicada al escribano y sacerdote levita resulta sumamente tolerante e incluso cariñosa y afectiva. Y de todas formas, el más devoto cronista tendrá que reconocer que es necesaria mucha cara dura para mantener durante más de tres mil años, que Yavé les ordenó que construyesen y transportasen cientos de kilómetros, la cocina de los sacerdotes.
Lógicamente, todos entenderemos que cuando menciono al cronista, redactor, amanuense, masoreta, etcétera, no me estoy refiriendo al pobrecito escriba, sino que estoy haciendo alusión al “consejo de sabios y ancianos sacerdotes levitas”, que en ocasiones también atendía a las llamadas por el nombre de Sanedrín, y que fueron quienes, como los más incompetentes hagiógrafos, dieron la orden para que ese texto fuese incluido en la escritura.



Directa o indirectamente, este asunto del higiénico pilón, es tratado en el Éxodo en los capítulos 27, 29, 30, 38 y 40. Y, por ser menos extenso y, aunque resulte muchísimo menos importante que la parrilla de holocaustos, voy a comenzar con él.
Y lo primero a destacar es algo que ya sabemos de antes: Yavé concedía casi la misma importancia a la santidad física y a la santidad del corazón. En otras palabras:

Para Yavé no había un guarro que fuese bueno. 

A continuación debemos admitir que aquel pilón podría ser un recipiente de barro, de piedra o de madera. Cualquier persona medianamente lógica, teniendo en cuenta que aquella palangana no era para Yavé, se preguntará:

¿Para qué necesitaban los sacerdotes levitas un lavadero de bronce a la puerta de una tienda de campaña?

La tercera observación de la que deseo dejar constancia es, que si me he referido a este mueble como una pila o lavabo, ha sido únicamente con el propósito de hacer esta puntualización:
Era una pileta para contener agua, pero no era un lavabo; en esa artesa no debían lavarse nadie; allí solamente se depositaba el agua.
Así se hace constar en Éx. 30, 18-19: ...y pondrá agua en él, de la que tomarán Arón y sus hijos para lavarse las manos y los pies.
Y he realizado este comentario, porque resulta que en algún texto bíblico consta
Mandarás que Arón y sus hijos se acerquen a la entrada de la Tienda del Encuentro, donde los bañarás con agua. (Éx. 29, 4; Biblia de Jerusalén. En sus comentarios a pie de página se añade: Baño completo a diferencia de las abluciones de 30, 19-21).
Por lo visto, según los piadosos y sagaces comentaristas, Arón y sus hijos debían bañarse en aquella palangana.

Casi todos sabemos captar perfectamente, la diferencia existente entre lavarse, ducharse y bañarse, pero al parecer, algunos, tal vez por falta de práctica, no lo tienen tan claro. Según la definición del diccionario, bañarse es: meter el cuerpo o parte de él en agua o en otro liquido, por limpieza, para refrescarse... Y siendo esto así, deberemos admitir sin la menor duda ni vacilación, que de baño completo en aquella pileta, nada de nada. Se debe gozar de una gran ignorancia, o al menos disfrutar de muy pocos conocimientos sobre la carencia de agua, para poder realizar impunemente esa afirmación. En la actualidad, posiblemente, algún potentado jeque disponga en su jaima de un colchón de agua y de un baño con yakusi, pero en aquellos tiempos, en un árido desierto como el del Sinaí, nadie, absolutamente nadie, se bañaba en un pilón; ni de bronce ni de barro cocido. El procedimiento a seguir era y es el siguiente: se extrae el agua del recipiente-contenedor con una vasija o cántaro y con él se va derramando el agua sobre el afortunado mortal ––y esto no es bañarle—. Al mismo tiempo, con un trapo o pella de lana, usado a modo de esponja, se va frotando todo su cuerpo —y esto, tampoco es bañarle—. Esta es la opción más generosa, e incluso pródiga, para lavarse en un desierto de tipo sahariano. Si algún habitante de esas áridas y sedientas estepas, o bien porque está borracho, o mal porque se ha vuelto loco, tiene la ocurrencia de introducirse en un pilón de agua, su posibilidad de supervivencia depende de la velocidad de su caballo. Y esta regla no tiene excepciones; ya puede ser el hijo del jefe de la tribu o un sacerdote que se llame Arón.

Creo que con esta anotación ha quedado suficientemente claro, que allí, que en aquella pileta que se colocó a la entraba de la tienda de la reunión, y en contra de lo que se afirma en algún ejemplar del Pentateuco, bañarse, lo que se dice y se entiende por bañarse, no se bañaba nadie. Yavé, solamente pretendió facilitar la higiene y santidad de aquellos levitas que tenían acceso al tabernáculo. Para ello, lo más adecuado fue proveer la colocación de un humilde barreño —muy semejante a los que utilizaban para abrevar el ganado—, en la misma puerta de la Tienda de la Reunión. Que nadie se engañe, el magnífico pilón de bronce citado en Éx. 30 y 38, no supone más que la reutilización pretenciosa de una pileta mucho más humilde que se instaló en el desierto, a la puerta de la Tienda de la Reunión, y con la intención de facilitar el obligatorio aseo ––las abluciones––, de todos aquellos hebreos que se personaban al asunto de las pruebas.
Pero con independencia de su utilidad como bañera o como palangana para uso del pueblo o de los sacerdotes, este mueble nos presenta tres incógnitas que debemos intentar despejar.

Primera incógnita: Este pilón de "bronce", con toda seguridad hubiera tenido un peso considerable. Esto nos conduce a una pregunta: ¿Por qué no está dotado de anillas ni de barras de transporte?
Y esa pregunta conduce directo a esta respuesta: Por la sencilla razón de que ese pilón no es delicado de conservación y puede ser transportado en un carro.
Pero es que hay más.
Resulta que, sorprendentemente, esta vasija, además de carecer de anillas y barras, no es ni siquiera citada para su transporte cuando este tema es tratado en Núm. 4.
¡Curioso!
Verán ustedes: Además del tabernáculo, todos y cada uno de los muebles ––arca, propiciatorio, mesa, candelabro y altares––, incluso los aceites e inciensos, son cuidadosamente inventariados y reseñados en la hoja de transporte cuando el pueblo se pone en marcha, sin embargo, éste recipiente no aparece por ninguna parte. Se relacionan cortinas, pieles, tablones y hasta las cuerdas; y es muy lógico que no se haga reseña de las vestiduras sacerdotales, pues con todo seguridad estarían custodiadas por el mismo Arón; pero, ¿por qué no se hace mención de la pila? Como mínimo, es llamativo que se recuerden las cuerdas y no se haga referencia al transporte de ese pilón en alguno de los carros de los hijos Gersom.
Claro que tampoco debería extrañarnos en exceso la omisión del pilón en la relación de muebles a transportar, pues en compensación, en ese mismo capítulo cuatro de Números, aparecen por primera vez siete (7) telas o paños de jacinto que no habían sido mencionados hasta el momento y que son utilizados para el embalaje y ocultación de siete muebles. Y lo mismo podemos decir de las angarillas de transporte del candelabro, que también por vez primera, hacen acto de presencia o milagrosa aparición, en el versículo diez de ese capítulo.
No obstante, la cuestión no es esa; las preguntas son dos:

¿Se les olvidó incluir el pilón en el inventario de transporte? y ¿Se les ha olvidado durante tres mil años?

Y la respuesta es bastante lógica y elemental:
Esa pileta no tenía ni anillas ni barras, y ni siquiera es mencionado su transporte, por la sencilla razón de que nunca se transportó a ninguna parte. Y no se transportó porque no existía. Y no existía, porque Yavé no había ordenado su construcción.
Y ¿por qué no había ordenado su construcción?
Pues, porque Yavé sabía perfectamente, que para lavarse no hace falta un pilón de bronce; y menos en un desierto. Con un sencillo recipiente de barro cocido, una pequeña artesa o una humilde palangana, resultaba suficiente. Siglos después, por obra y gracia de los palurdos pero pretenciosos levitas, aquella modesta jofaina quedó convertida en bañera de bronce. Bañera, que a su vez, con el tiempo, y ya bien asentados como horteras y nuevos ricos, ascendió hasta la categoría de mar de bronce (I Rey. 7, 23-26).

Segunda incógnita: ¿Por qué cuando se cita la pila se hace mención a su base? Éx. 30, 18: Haz un pilón de bronce con su base de bronce. Éx. 38, 8: Hizo el pilón de bronce, con su base de bronce.
Teniendo en cuenta que este pilón de bronce tuvo su milagroso advenimiento cuando se construyó el templo de Salomón, debemos entender que se cita de esta manera, porque el pilón y la base eran dos piezas completamente separadas, y que por lo tanto, no supone ninguna reiteración citar que se hicieron las dos partes. Es, por poner un ejemplo, como aquel mueble, afortunadamente ya en desuso, que tenía una semejante utilidad, y que constaba de dos piezas: la palangana y el palanganero. Todos sabemos que un barreño no precisa de ninguna base complementaria. Yo supongo que los levitas se dijeron: ya metidos en gastos, hacemos un buen pilón de bronce y también en bronce un buen soporte, y ya veremos si no añadimos una buena tapadera de bronce.
De todas formas, esa base del Mar de Bronce conformada por robustos toros, y ese recipiente en forma de cúpula invertida, tal vez, por su posible significado, merezcan más atención. Sobre todo, si lo ponemos en relación con el Becerro de Oro.

Tercera incógnita: En Éx. 38, 8, consta: Hizo el pilón de bronce, con su base de bronce, con los espejos de las mujeres que velaban a la entrada del tabernáculo de la reunión.
¿Qué mujeres eran esas?; ¿qué hacían allí?; ¿por qué con sus espejos?
Yo no sé, ni creo que nadie pueda saber con certeza ––por supuesto, sin ser un iluminado––, las respuestas a estas últimas tres preguntas que hacen referencia a las mujeres y a sus espejos. No obstante, sí que puedo hacer alguna interpretación basándome en costumbres y usanzas que, siendo muy antiguas, por amor a los usos y tradiciones, han sobrevivido hasta nuestros días.
En primer lugar, y después de insistir en que el pilón de bronce se construyó siglos después de la visita de Yavé, y que por lo tanto el asunto de los espejos es sólo un postizo muy posterior al Sinaí, se debe resaltar que en aquella época, el varón, desde la pubertad era poseedor de una daga o cuchillo; y que la mujer, a su vez, además de alguna chuchería de oro, tenía, casi como única pertenencia, un espejo de bronce. La posesión de ese espejo era una especie de símbolo o distintivo que proclamaba que la niña se había convertido en mujer.
En segundo lugar conviene reseñar, que fue en los días de la construcción del templo de Jerusalén, cuando fueron escogidas las mujeres, que teniendo una especial habilidad para la costura, se habían ofrecido a tal efecto. Estas mujeres se ocupaban de tejer y bordar los velos y cortinas de aquel magnífico santuario. Sin embargo, y puesto que no les estaba permitida la entrada al interior, se reunían a la puerta, y era allí donde hacían su trabajo y donde, por supuesto, charlaban acerca de todo lo divino y humano. Ésta es una costumbre, la de trabajar y platicar, que hasta hace pocos años todavía persistía en algunos pueblos, donde las mujeres se reunían a las puertas de una casa o en la plaza de la localidad, para hacer sus labores de costura, bordados, encajes de bolillos, etcétera, etcétera. Una entrañable tradición, que para muchas mujeres suponía una excelente manera de aprender, y para relacionarse con sus vecinas.
Esta reunión de costureras inmersas en una labor común, trae consigo un sentimiento o sensación de hermandad, de agrupación, casi de cofradía, que en aquel caso permitió a ese grupo de mujeres ofrecer al Sumo Sacerdote, y que éste aceptase, la donación de sus espejos de bronce para construir el pilón. En algunos santuarios y ermitas, todavía se puede leer inscripciones como ésta: la presente y artística reja de bronce fue donada por el gremio de cerrajeros, curtidores, bataneros, etc.
Por último, en lo que se refiere al ambiguo significado de la frase Mujeres que velaban..., creo recordar que hasta hace pocos años, las modistillas ––mujeres que realizaban la misma labor de costura que sus antecesoras hebreas––, cuando se encontraban con algún trabajo urgente, se quedaban a velar. Y lo mismo o parecido, sucede en otros de los más respetables oficios, porque, recordemos que velar, etimológicamente tiene su origen en la flameante vela.
Yo no digo que sea ésta la correcta interpretación, digo que es sólo una más, y que a mí me parece que no está totalmente carente de lógica. Pero en realidad, el verdadero motivo que me ha obligado a esta explicación, es el deseo de oponerme de una manera directa y frontal a esa otra sospechosa creencia recogida en el Libro Primero de Samuel 2, 22, o en el Libro Segundo de los Reyes 23, 7, y que por cierto, los ungidos nunca se han preocupado por esclarecer, que pretende poner de manifiesto una dedicación poco honorable de esas mujeres que donaron sus espejos. Una sospechosa creencia, que en mi opinión, además de carecer de del menor fundamento, es terriblemente injusta con unas mujeres, que si han pasado a la posteridad, ha sido por su generosidad al ofrecer gustosas su trabajo como costureras y donar sus escasísimas pertenencias.
No, señores sacerdotes levitas, no está nada bien calificar como ramera a ninguna mujer. Si alguna quiere auto calificarse como ”prostituta, y a mucha honra", eso será cuestión suya; pero lo que resulta imperdonable es adjudicar arbitrariamente esa profesión no siendo cierta y demostrada; y para colmo, publicarlo en el libro con mayor tirada de la historia.

Y ahora vamos a iniciar los comentarios en torno a otro de los utensilios encargados por Yavé en la eficiente e industriosa factoría del Sinaí:



Y lo primero que deseo aclarar, con el propósito de que todo resulte más comprensible, es que tal y como ya he comentado, este mueble no es un altar y, por supuesto, tampoco es una parrilla-asador. Podremos llamarlo altar, mesa, armazón, emparrillado o de la forma que entendamos más conveniente, pero en realidad solamente estamos haciendo referencia a una rejilla o red metálica colocada sobre un bastidor de madera. Un artilugio, que después los sacerdotes, y mientras entonaban aquella pegadiza canción del verano, transformaron en una barbacoa, en una parrilla. Claro que, una barbacoa un poco especial; porque aquellos triperos convirtieron una malla metálica en un asador con cuernos.

Y como segunda aclaración antes de seguir adelante, y tal y como indiqué al referirme a los cuernos del altar de los inciensos, quiero dejar constancia, una vez más, de que esto de los cuernos tiene su explicación.
No será una explicación tan errónea como las que hemos recibido durante tres mil años, pero en compensación, será mucho más acertada.
En el capítulo dedicado a la radio hablaremos de los enigmáticos cuernos, porque lo cierto es, créanlo, que Yavé necesitaba esos cuernos en el altar de los holocaustos y, posiblemente, también en el de los inciensos. Así, como suena. Naturalmente, tendremos que saber con la mayor precisión que son en realidad esos “cuernos”. Unos cuernos que la versión levítico sacerdotal, además de la mágica acepción protectora y liberadora del homicida involuntario, intenta explicar en función de la utilidad gastronómica de aquella rejilla. Porque, si bien es muy cierto que Yavé precisaba de aquellos cuernos, lo que no necesitaba en absoluto, eran aquellos ceniceros, badilas, tenedores, pinzas y braseros que nos describe el incrustado versículo tres. Pero, ¿recuerda el lector aquellos comentarios acerca de los apéndices y añadido sacerdotales? Pues bien, ahí le damos. Si como entonces afirmé, a una rejilla que no se sabe muy bien para qué puede servir y, que a primera vista puede asemejarse a una parrilla, le añades unos ceniceros y unas badilas de brasero, vas a distorsionar su utilidad haciendo que se identifique claramente como una parrilla asador.

Y ahora hago una tercera llamada de atención, y desde aquí, con todo el respeto que me merecen, dirigiéndome a los rollizos y satisfechos sacerdotes, realizo esta proclama con el más absoluto convencimiento:
Yavé era muy bueno.
Todos los ungidos a coro me responden: Sí, sí, muy bueno.
Y yo insisto:
Pero muy bueno, muy bueno.
Sí, sí, buenísimo ––asegura la totalidad del gremio de los pringados aceitosos––.
Pues bien, a pesar de esa gran bondad, por muy grande que fuese su aprecio por vosotros, y aunque ese afecto ya tuviese visos de mimo y carantoña, ni yo ni nadie medianamente normal puede imaginarse al Señor de los Cielos y de la Gloria diseñando vuestra cocina.
¿Qué quieren que les diga pacientes lectores? Para cualquier mente lógica resulta ciertamente muy difícil imaginarse a Yavé ordenando la forma, las medidas y los materiales de una parrilla, sobre la cual, el sumo sacerdote y sus acólitos debían asar sus merendolas. Porque eso y no otra cosa es lo que se dice sobre la utilidad de ese “altar” en la consagración de los sacerdotes del capítulo veintinueve del Éxodo y el varios capítulos del Levítico. Si hubiese sido así, desde luego ya podían estar contentos y agradecidos aquellos pastores de los pastores por las especiales atenciones de Yavé para con ellos.
Pero no. Por mucho que mientan, por mucho que se inventen y por mucha cara que echen al asunto, esa no era la utilidad de la gran rejilla. Y no era esa su utilidad, porque  no era ni altar ni parrilla; porque  Yavé jamás ordenó el degollado de reses ni el derramamiento de ningún tipo de sangre;  porque por la mente de Yavé no pasó la idea de incinerar una vaca. Fue el hambre, fue la lobuna voracidad de los levitas, la que consiguió transformar en una barbacoa asador, un utensilio, que únicamente era un simple enrejado de varillas de cobre en forma de red, y que estaba contenido y sostenido por un bastidor de madera. Son estas absurdas e interesadas interpretaciones de los sacerdotes, las que desde hace muchos siglos han obligado a esa gente a pregonar a quienes que deseaban oírlos, y a los demás también, que las intenciones de Yavé y sus caminos son misteriosos e incomprensibles para los hombres.



Se dice en Éx. 27, 8: ...lo harás hueco en tableros, como en la montaña te ha sido mostrado.
¡Bueno!, no deja de ser una forma de describir las cosas:

Lo harás hueco en tableros.

Para que nos entendamos, esto de hueco en tableros, quiere decir que:

Tenían que construir un armazón, un bastidor de tableros de madera de acacia y, que en el hueco, o sea, en el interior de ese cuadrilátero de tablas, se debía colocar la red metálica o rejilla.

Ahora reparemos con un poquito de sensatez en el levísimo interrogante que presenta la construcción de este altar hueco y en tableros.
Todos hemos visto en alguna ocasión una cocinilla, un fogón o una barbacoa, y siempre nos hemos encontrado con un armazón de metal, de ladrillos refractarios, de piedras o de cemento. Pero, ¿alguien ha visto, o siquiera puede explicarnos, la razón de ser de un bastidor de madera, sobre el que se acoplará una parrilla que va a estar sometida a un fuego muy intenso? Porque nadie pondrá en duda, que para asar una vaca son necesarias unas buenas brasas. Si alguien ha visto una parrilla-asador sustentada sobre un soporte de madera, posiblemente fue en la península del Sinaí hace unos tres mil trescientos años. Pero eso sí, solamente lo ha visto en sueños. Y digo que lo ha visto en una alucinación onírica, porque en el desierto del Sinaí, y en presencia de Moisés, jamás, entiéndanme bien, jamás, se puso al fuego aquel “altar de los holocaustos”. Tal vez se disfrutase de alguna barbacoa, pero desde luego, para ello no se utilizó ese altar de los holocaustos.


Si no hubiese existido intención de ocultar y encubrir la realidad, o si, sencillamente, aquellos cronistas hubiesen advertido lo que de verdad era importante en ese mueble-utensilio llamado altar de los holocaustos, estos versículos del 1 al 8 de Éx. 27, hubieran reflejado de otra manera las ordenes de Yavé, quedando redactados así:
Harás en cobre una rejilla cuadrada. Será de cinco codos de largo, por cinco de ancho (2, 5 metros X 2, 5 metros). En cada uno de sus cuatro ángulos pondrás un cuerno de cobre que saldrá de la rejilla. Esa reja estará encajada y apoyada a media altura de un armazón de madera de acacia que tendrá tres codos de alto (1, 5 metros). Para colocar y extraer el enrejado, así como para poder transportarlo, tendrá cuatro anillas de cobre, una en cada esquina, a través de las cuales pasarán las barras de transporte.
Si se hubiera hecho así, hubiéramos olvidado que ese altar para holocaustos era hueco en tableros y que tenía tenazas y badilas. Y, desde luego, habría quedado bien claro que lo único importante, no eran las formidables meriendas de terneros y carneros asados, ni los panes de flor de harina con aceite, ni los frisuelos (churros y buñuelos), ni por supuesto, los holocaustos, sino que lo realmente fundamental, tal y como en la montaña te ha sido mostrado, era una red-rejilla de varillas de cobre, de unos seis metros cuadrados de superficie, aislada de “tierra” por estar sujeta a un bastidor de madera. O lo que es lo mismo, esa rejilla es:

Una formidable antena de rejilla.

Porque eso, y no otra cosa, era el altar de los holocaustos: una antena de radio.
¡Señores!, vamos a reconocer las cosas e interpretarlas de la forma más lógica posible y sin ninguna magia o misterio impenetrable. A estas alturas de la civilización nadie puede todavía, y si puede no debe hacerlo, imaginarse a un Yavé, que cuando llega junto a los hombres, deja de lado sus múltiples e importantísimos quehaceres y se dedica a diseñar una parrilla, o lo que es lo mismo, una cocina para que los sacerdotes y levitas pudiesen asar en ella sus sacrificados y consagrados festines. ¡Por favor!



Y respecto a esto de los sacrificios quiero hacer otra precisión.
Holocausto significa, según el diccionario: Sacrificio especial usado entre los israelitas, en que se quemaba toda la víctima.
De acuerdo, pero con una suave enmienda que en nada modifica la definición:
Allí, en el desierto del Sinaí; a la entrada de la Tienda de la Reunión, y con un pueblo hambriento, a Moisés ni siquiera se le pasó por la cabeza convertir en cenizas una ternera. Y menos todavía en aquella rejilla de varillas metálicas diseñada por Yavé. Posiblemente, ni la piel ni los huesos fuesen incinerados. Incluso, tengo mis dudas respecto a los excrementos, que como todos sabemos, solían ser utilizados como combustible; porque, tampoco debemos olvidar, que entre aquellos peñascales no es muy fácil encontrar leña. Muchos años después, acaso en algún periodo de bonanza, o después de una victoria militar, y siempre ante el lógico rechazo y la gran indignación de Yavé, yo no dudo que pudieran ofrecer alguna oveja en holocausto.
He mencionado el disgusto y la reprobación de Yavé, porque nadie con una sombra de honradez en su corazón, puede admitir que una auténtica inteligencia aliente y consienta, que sin ninguna utilidad, sea sacrificado e incinerado un ser de la creación. Por lo tanto, mientras exista hambre en el mundo, y aunque no lo hubiese, y ni siquiera tuviésemos un ligero apetito, Yavé jamás aceptaría holocaustos de sangre. Es más, estoy seguro que ni siquiera consentirá la incineración de una tortilla de patatas.
Y además, y por otra parte, si Yavé no comía, ¿para qué iba a ordenar el asado de una vaca?, ¿para privar de la comida a un pueblo hambriento?
Tal vez..., posiblemente..., lo que sucedió fue que Yavé advirtió de los peligros de las grasas, y recomendó que fuesen consumidas por el fuego; pero claro, ustedes ya saben, o al menos se imaginan, la oportunista y astuta interpretación sacerdotal para justificar el asado de una res:
El holocausto suponía, y así consta en varios versículos, un sacrificio de grato olor para Yavé. O sea,

Tú lo hueles, y yo me lo como.

Cuando yo afirmo que aquellos individuos tenían mucho “hocico” me estoy quedando muy cortito.

Y ahora que ya estamos un poco más familiarizados con ese mueble, deseo llamar su atención sobre algo que nunca debería haber pasado desapercibido:



Lo primero que debemos de admitir, sin reserva alguna, es que los redactores de estos capítulos, si exceptuamos los puntos cardinales norte y sur, no tenían nada clara la instalación del mobiliario. Por esta razón, y refiriéndose al altar de oro, como ya he señalado, en unos versículos consta de una manera y en otros de otra (Ver Éx. 30, 6; Éx. 40, 5 y 26; Heb. 9, 4).
Pues bien, como habrá observado el atento lector, la construcción del altar de los holocaustos se reseña y detalla en Éx. 27, 1-8 y en Éx. 38, 1-7.
¿Estamos de acuerdo?
De acuerdo
Pues resulta, y esto es muy significativo, que al contrario de lo que sucede con el resto del mobiliario, en ninguno de esos dos grupos de versículos se hace mención de la situación o colocación del altar de los holocaustos. Ni en Éx. 27 ni en Éx. 38; en ninguno de los dos se indica el lugar de instalación de ese mueble.
¿De verdad?
De verdad de la buena. Fabrican un utensilio, pero no dicen dónde lo ponen.
Es en otro capítulo, —en Éx. 30, 18—, en el momento en que se está haciendo descripción de otro de los muebles —el pilón de bronce—, cuando se alude de pasada a esta “rejilla-asador”. El texto bíblico dice así:

Lo pondrás (el pilón) entre el tabernáculo de la reunión y el altar y pondrás agua en él, ...

Es ésta una omisión que resulta realmente muy llamativa; tal vez demasiado llamativa si consideramos que nunca, a nadie, ha resultado llamativa.
Así pues, si no llegamos a tener el higiénico barreño —que recordemos que no lo teníamos, puesto que se fabricó siglos después—, ni siquiera hubiésemos sabido donde colocar el altar de los holocaustos. Y puestos a deducir, y desconfiando de los chapucerillos, podemos reflexionar así:
Yavé ordena la construcción de un tabernáculo y de unos “muebles”. Nosotros debemos suponer que lo hizo con la lógica intención de que esos muebles queden dentro del tabernáculo. Posteriormente, será Moisés quien detalle el lugar que cada utensilio ocupará dentro de la carpa. Si en un determinado momento —mucho tiempo después— los sacerdotes trasladaron el “altar” al patio, pudo ocurrir, que tal vez no se atreviesen a modificar los textos cambiando las palabras de Moisés, y simplemente suprimieron la reseña de su emplazamiento. La alteración por omisión, así, al primer toque, parece menos grave.
Afortunadamente, y gracias a ese empotrado versículo del recipiente contenedor de agua de Éx. 30, 18, sabemos que el altar estaba en el atrio. Bueno, eso es lo que en un determinado momento dijeron los ungidos. Sin embargo...
Sin embargo, dos versículos después, en Éx. 30, 20, y mientras continúan hablando del pilón, consta: En esta agua se lavarán, para que no mueran, cuando entren en el tabernáculo de la reunión, cuando se acerquen al altar para el ministerio, para quemar un sacrificio a Yavé.
Como todos los lectores habrán advertido, esta última frase que habla de quemar sacrificios, es sólo uno más de los piadoso añadidos levíticos; pero no es eso lo que ahora nos interesa.
Partiendo de ese versículo que acabamos de leer, y admitiendo lo de los quemados, debemos dar respuesta a estas tres preguntas:

Primera pregunta: ¿Dónde nos han contado que se queman los sacrificios a Yavé?
Primera respuesta: Los sacrificios a Yavé se queman en el altar de los holocaustos.
Segunda pregunta: ¿Dónde dicen que se debe entrar para quemar un sacrificio a Yavé?
Segunda respuesta: Deben entrar en el Tabernáculo. ...cuando entren en el tabernáculo.
Tercera pregunta: Entonces, ¿dónde debemos entender que estaba colocado el altar de los holocaustos?
Tercera respuesta: Según las dos anteriores precisiones, el altar de los holocaustos no está en el atrio, sino que se encuentra en el interior del tabernáculo. A menos, naturalmente, que los sacerdotes entren para fuera.
Recordemos y advirtamos que los sacerdotes habían transformado aquella rejilla en una parrilla-barbacoa, pero todavía la mantenían dentro del tabernáculo.
Y no nos equivoquemos ni nos pasemos de listos: una cosa es el tabernáculo y otra el atrio. Nadie, nunca, ha confundido un templo con el atrio o patio.
Pero resulta que tenemos algo más; incluso podríamos afirmar, que para determinar la correcta ubicación de ese mueble y su pretendida utilidad, tenemos bastante más.
En el capítulo cuatro de Números, del que antes hice referencia, se está tratando del cuidado de las cosas santas para su embalaje y transporte. Los levitas encargados de realizar ese trabajo de transportistas, tal y como consta en los versículos cinco y quince, no pueden acceder al tabernáculo hasta que los sacerdotes no hayan terminado de cubrir los muebles santos.
A ver si nos entendemos: si se afirma que nadie puede entrar hasta que no estén tapados y cubiertos los objetos, sólo puede significar que se pretende que esos muebles no sean vistos por nadie excepto por los sacerdotes hijos de Arón.
Naturalmente que los sabios pueden disentir tímidamente, diciendo que se cubrían para preservarlos de posibles golpes y resguardarlos del polvo y de la suciedad.
Pero eso no es así. Y para aclarar este punto basta leer Núm. 4, 20, donde se dice refiriéndose a los transportistas levitas: ...pero ellos que no entren para ver un solo instante las cosas santas, no sea que mueran. Para que las cosas santas no sean vistas ni un solo instante. Para eso son cubiertas.
Y si estamos de acuerdo en ese punto, nos llama mucho la atención, que uno de esos muebles, según consta en ese mismo capítulo en el versículo trece, sea el altar de los holocaustos: Quitarán del altar las cenizas y pondrán sobre él un paño de púrpura escarlata; pondrán encima de él todos los utensilios de su servicio, los braseros, los tenedores, las paletas y las bandejas, todos los utensilios del altar, y lo cubrirán con pieles de tejón y le pondrán las barras.

¿Y por qué nos llama la atención?
Por la sencilla razón de que si ese altar está en el atrio, es evidente que no está oculto a la vista, pues aunque, posiblemente el patio no fuese a diario de libre acceso para el pueblo, sí que era frecuentado por dignatarios, ancianos y príncipes de las doce tribus. Al menos, eso se puede interpretar de Éx. 33, 7 donde se dice: ...y todo el que buscaba a Yavé iba a la tienda de la reunión, que estaba fuera del campamento. Con toda seguridad al tabernáculo no penetrarían, pero podrían entrar en el atrio. En los posteriores templos de Jerusalén, el atrio era de libre o al menos de fácil acceso. Entonces, ¿para qué ocultar a la vista y embalar en lienzos y pieles un objeto de todos conocido?
Pero, por si todo esto fuese poco, que no lo es, resulta que todavía tenemos algo más que ratifica mi opinión sobre la colocación de ese mueble en el interior del tabernáculo.
Con independencia de las instrucciones de Moisés en Lev. 8, 31-36, acerca del lugar donde debe preparar la carne para los días de la inauguración, veamos lo que se relata en el capítulo diez del Levítico:
Ha ocurrido un accidente que ha costado la vida a Nadab y Abiú, los dos sacerdotes e hijos mayores de Arón. Al parecer, ha sucedido cuando impregnados con aceite de la unción ––ellos dicen ungidos de óleo–– han intentado manipular con fuego.
Según se desprende de la lectura del texto, la situación es bastante tensa entre Arón y Moisés. Los cadáveres de Nadab y Abiú deben ser retirados del tabernáculo, y después trasladados fuera del campamento. Sin embargo, ––por razones que ahora no vienen al caso–– ninguno de los presentes en la tienda de la reunión puede salir de allí, y Moisés se ve en la necesidad de requerir los servicios de dos familiares, Misael y Elisafán, con el propósito de que se hagan cargo de los cuerpos. Al mismo tiempo que reitera su mandato de Lev. 8, 33 (Durante siete días no saldréis de la entrada del tabernáculo…), ordena a su hermano Arón y a sus otros dos sobrinos supervivientes Eleazar e Itamar, que no salgan del tabernáculo; Lev. 10, 7: Vosotros no salgáis del tabernáculo... Debemos entender, y aquí nuevamente me veo obligado a invocar a Perogrullo, que si no deben salir del tabernáculo es porque están dentro del tabernáculo.
A continuación, en Lev. 10, 12-13, Moisés prosigue hablándoles y dice: Tomad lo que resta de las ofrendas de combustión, las ofrendas de Yavé, y comedlo sin levadura cerca del altar, pues es cosa santísima. Lo comeréis en el lugar santo... Después, en el versículo 17 Moisés insiste preguntando: ¿Por qué no habéis comido la víctima por el pecado en el lugar santo

Precisemos: cerca del altar… en el lugar santo…
Claro, que si no recordamos cual es el altar y cual es lugar santo, tendremos que ir a consultar a los sacerdotes levitas, quienes, con mucho gusto, intentaran liarnos.
Por último, y para una mayor ratificación, tenemos Éx. 40, 32 donde se dice: Siempre que entraban en el tabernáculo de la reunión para acercarse al altar se lavaban.
Entraban en el tabernáculo para acercarse al altar.

Por supuesto, que no podemos tener en consideración el capítulo cuarenta, el último del libro del Éxodo, donde en evidente añadido recopilatorio, se hace constar en dos versículos diferentes, el seis y el veintinueve, que el altar de bronce se coloca a la entrada del tabernáculo o del habitáculo.
Y cabe preguntarse: ¿a la entrada dentro o a la entrada fuera?
Lo digo, porque si entramos en algún templo, a la entrada, podemos encontrar una pila. Y podemos decir sin miedo a mentir, que esa pila está dentro del templo y que no está fuera.
Y he mencionado un evidente añadido recopilatorio, porque en ese mismo versículo veintinueve, se hace constar algo absolutamente imposible y falso: …y ofreció el holocausto y la oblación, como Yavé se lo había mandado a Moisés. Nunca, jamás, ordenó Yavé a Moisés que ofreciese holocaustos, y menos, en aquella estructura de varillas de cobre. Y, si consta de otra forma, nos evidencia que es un posterior añadido.

Y ahora recapitulemos:
Siempre que entraban en el tabernáculo de la reunión para acercarse al altar se lavaban. No pueden salir del tabernáculo, ni siquiera para retirar los cuerpos de su hijo y hermanos. Deben de comer cerca del altar en el lugar santo.
¿Dónde está situado el altar de los holocaustos, en el tabernáculo o fuera del tabernáculo?
Para que sirva como aclaración, y para aquellos que piensan que las chuletadas se suelen hacer al aire libre, me veo obligado a insistir recordando que ese altar de los holocaustos no era una barbacoa y que allí no se asaba nada. Es posible que algún altar se acondicionase para el papeo sacerdotal, pero bajo aquella rejilla de cobre instalada sobre un bastidor de madera jamás se hizo lumbre.
Para finalizar, recordemos como era ese “mueble” según consta en los versículos verdaderos de Éx. 27: (1) Harás un altar de madera de acacia de cinco codos de largo y cinco codos de ancho, cuadrado, y tres codos de alto. La palabra altar es una adaptación de mueble o de utensilio (2) A cada uno de sus cuatro ángulos pondrás un cuerno, que saldrá del altar, y lo revestirás de bronce. El siguiente versículo, al que ha dado licencia para ausentarse, y que trata de las paletas, tenazas, etc., no es otra cosa mas que “una interesada y hambrienta añadidura sacerdotal”. (4) Harás para él una rejilla de bronce en forma de malla, y a los cuatro ángulos de la rejilla pondrás cuatro anillos de bronce. (5) La colocarás debajo de la corona del altar, a la mitad de la altura de éste. (6) Harás para el altar barras de madera de acacia, y las recubrirás de bronce. (7) Pasarán por sus anillas y estarán a ambos lados del altar cuando haya de transportarse. (8) Lo harás hueco, en tableros, como en la montaña te ha sido mostrado. 

Señores, no puede estar más claro.
Si lo desean, pueden preguntar a un maestro asador: ¿existe una parrilla para asar novillos, colocada sobre unos soportes de madera? Su respuesta será: ¡Hombre!, si no lo puedes hacer con hierro u otro metal, si tampoco encuentras piedras, ladrillos o tierra, pues en ese caso, puedes hacerlo con madera o con cualquier otro material más o menos adecuado, pero ya te puedes imaginar lo que va a ocurrir si utilizas una materia combustible para rodear una hoguera.
Y ya puestos a preguntar a los profesionales, si así lo desean, pueden consultar con un antenista de radio o con un ingeniero de telecomunicación. Ellos le dirán qué tipo de artilugio puede ser ese utensilio. Y si no desea efectuar consulta alguna, le basta con mirar los tejados; allí, en las antenas de radio y televisión, encontrará unas rejillas que son -a un tamaño mucho más seducido (60x60)-, unas copias exactas del "altar de holocaustos".
Pero no es necesario que molesten a nadie, ni que se suban a los tejados. Lo que en el libro del Éxodo se ha descrito es un bastidor de madera, que sujeta —y aísla de tierra—, a un conjunto de varillas de cobre en forma de malla.
Y si bien es muy cierto que una antena suele ser colocada en el exterior, nadie podrá argumentar con un mínimo de fundamento, que las lonas y pieles de una tienda de campaña son productoras de interferencias, y que, por lo tanto, desaconsejan la colocación de una antena de radio.


El altar de los holocaustos no es un altar, ni una parrilla asador. No fue diseñada para asar terneras o corderos, era una rejilla de alambres de cobre, sujeta en un bastidor de madera.

Esa rejilla era una antena de radio y el bastidor de madera la aislaba de tierra. En cada uno de sus cuatro ángulos tenía unas varillas en forma de cuerno que eran complemento de la gran rejilla.

El altar o rejilla no estaba situado en el atrio sino en el interior del tabernáculo. Y recordemos que “ellos” tampoco sabían donde colocarlo; y la prueba más evidente es que solo sabemos de su radicación por la descripción del pilón; de un pilón que se construyó siglos después que ese altar de holocaustos.


Nota: Al releer este capítulo he advertido la evidente exhibición de calificativos referidos a los sacerdotes levitas. Pues bien, si a ustedes se les ocurre algunos más, pueden y deben añadirlos. Sólo una condición limitará su aportación: no pueden ser adjetivos calificativos, deben ser adjetivos descalificativos.

ÉXODO 3-14