Capítulo XI - La roca de Horeb


Éx. 17, 1-7 (1) Partióse la congregación de los hijos de Israel del desierto de Sin, según las etapas que Yavé les ordenaba, y acamparon en Rafidim, donde no halló el pueblo agua que beber. (2) Entonces el pueblo se querelló contra Moisés, diciendo: “Danos agua que beber”. Moisés les respondió: “¿Por qué os querelláis contra mí? ¿Por qué tentáis a Yavé?”. (3) Pero el pueblo sediento murmuraba contra Moisés y decía: “¿Por qué nos hiciste salir de Egipto, para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?” (4) Moisés clamó a Yavé diciendo: “ ¿Qué voy a hacer con este pueblo? Poco más y me apedrean”. (5) Yavé dijo a Moisés: “Vete delante del pueblo y lleva contigo a ancianos de Israel; lleva en tu mano el cayado con que heriste el río, y ve, (6) que yo estaré allí delante de ti, en la roca de Horeb. Hiere la roca, y saldrá de ella agua para que beba el pueblo”. Hízolo así Moisés en presencia de los ancianos de Israel (7) y dio a este lugar el nombre de Masá y Meriba, por la querella de los hijos de Israel y porque habían tentado a Yavé, diciendo: “¿Está Yavé en medio de nosotros o no?”.

Según hemos podido leer en el versículo seis, Yavé promete que estará aguardando en la roca de Horeb.
Y yo, por insistir, pregunto:
––En la roca, ¿de quien?
––En la roca de Horeb.
––Y, ¿quién o qué es Horeb?
––Horeb es Yavé.
––Y, ¿quién o qué es la roca?
––La roca es la fortaleza, el castillo, la morada. Así lo deja dicho Moisés en Dt. 32, 4: Él es la Roca.
Después de esta machacona pero necesaria precisión, ya se puede iniciar el estudio lógico, teológico y geológico de la Roca de Horeb.
Sí, no ha leído mal; también he dicho geológico.




En este capítulo XI, al estudiar en Éx. 17 el episodio titulado: Brota el agua de la roca de Horeb, Masá o Meribá, al mismo tiempo que su contenido converge y complementa al anterior capítulo en el que se trató el tema del bastón de las señales, se van a tratar dos cuestiones diferentes:
Primera. La notable capacidad para el abastecimiento de agua, ya evidenciada por Yavé en el episodio de las aguas de Mara en Éx. 15.
Segunda. Se tratará de identificar la Roca de Horeb.
En primero lugar se va a incidir nuevamente en una cuestión de vital importancia en el desierto: la obtención del agua. Algo, que por muy dios que fuese, proporcionó a Yavé alguna preocupación extra y que, al menos en dos ocasiones, requirió de su más directa intervención.
Sin la menor duda, desde el principio Yavé tenía elegido y seleccionado un lugar con fuente o manantial donde el pueblo pudiese permanecer, suficientemente abastecido de agua durante varios meses; pero claro, había que llegar hasta allí.
De la lectura del capítulo diecisiete del Éxodo se desprende que los hebreos, procedentes de las costas del golfo de Suez, continúan en su peregrinar con rumbo sur. Las jornadas, como se puede apreciar en el versículo primero son organizadas y dirigidas por Yavé que los va conduciendo por el desierto de Sin en dirección a Rafidin.
He creído necesario efectuar esta última precisión, con el objeto de resaltar para el momento adecuado, la diferente redacción entre este versículo de Éx. 17, 1: …según las etapas que Yavé les ordenaba, y el de Núm. 10, 13 donde se dice: ...moviéndose por primera vez a la orden de Yavé por Moisés.
El pueblo se desplaza en unas pésimas condiciones, pero son conscientes de que, si bien es cierto que Yavé no está allí en todo momento, también es verdad que se presenta todos los días puesto que reciben puntualmente la ración de maná. También saben que Yavé les traza la ruta, y están confiados en que ese deambular de un sitio a otro terminará por conducirles hasta un lugar seguro. Y, a pesar de que el maná no les resulta muy apetecible, ahora al menos ya no padecen hambre. Sin embargo, la escasez de agua es alarmante. En alguna medida, la escarcha del maná alivia su necesidad, pero el agua así obtenida es tan sumamente escasa, que apenas podríamos considerarla como una ración de supervivencia y, por supuesto, no es ni mucho menos suficiente para abrevar el ganado.
Y, puesto que ahora saben que se ocupa y preocupa por ellos, una gran parte de la muchedumbre piensa que el culpable de sus miserias no puede ser Yavé. Dándome la razón a lo que ya he dicho, el pueblo sigue sostenido a pies juntillas que todas las desgracias tienen un responsable. En este caso, determinan que el causante no puede ser otro que Moisés; un Moisés que ya tiene muchos años; que se le va la olla y, que al parecer, no entiende las órdenes de Yavé. En definitiva, imitando paso a paso lo sucedido en el capítulo dieciséis, ahora un buen número de emigrantes, al grito de pastores unidos, jamás serán vencidos, se presenta en la oficina de reclamaciones y se encara con el jefe del negociado, exigiendo que se les abastezca de agua.
Moisés les contesta que él no es responsable en absoluto; que él es un “mandao”;  y que es muy poco lo que puede hacer; que él se limita a seguir un itinerario trazado y ordenado por Yavé. También les hace saber, que si quieren protestar más arriba, ya saben a quien dirigiese.
Pero el pueblo no está para sutilezas, ni para aceptar muchas explicaciones; las manos de los más agresivos aprietan con fuerza unas amenazadoras piedras prestas para lanzarlas contra el profeta y su hermano. Moisés y Arón, angustiados, ponen tierra por medio y llaman a Yavé. Cuando la Gloria hace acto de presencia, los dos hombres piden su ayuda asegurando que los ánimos están muy exaltados y haciendo constar que pueden ser apedreados.
   


Como he dicho, atendiendo a la llamada de Moisés, Yavé se ha presentado con su “rocamóvil”. El Señor de la Gloria, comprendiendo la situación y reconociendo que el problema que ocasiona la falta de agua es prioritario y debe ser remediado con urgencia, habilita una solución:
Haced un esfuerzo más y no os detengáis; seguid caminando y os proporcionaré agua en abundancia. Tú, Moisés, junto con los ancianos, marcha delante del pueblo. No sueltes el bastón de tu mano y camina hasta que me encuentres, que yo estaré allí delante de ti en la roca de Horeb. Hiere la roca, y saldrá de ella agua para que beba el pueblo.
Como se puede apreciar de la lectura de las Escrituras, Yavé no facilita el agua al pueblo sediento en ese mismo lugar. Y nosotros debemos preguntarnos: ¿por qué?; ¿por qué no hace el abastecimiento “milagroso” en ese sitio?; ¿acaso está realizando otra prueba de fe a los hebreos?; ¿por qué Yavé va a estar esperando en otro lugar? Alguien podría pensar que Yavé les está diciendo:  
Veréis: es que, en realidad, a mí donde me salen bien los milagros es en Horeb.
Pero no; eso no es así.
De todas formas, antes de seguir con el relato, y puesto que ya hemos leído el texto bíblico, y además lo hemos hecho con mucha atención, inmediatamente nos hemos dado cuenta de algo que nos evidencia un punto más de la majestuosa incompetencia sacerdotal:
En esos versículos no se indica que la Roca diese una sola gota de agua.
Me explico:
En Núm. 20, 11, nos encontramos con un episodio que lleva el mismo título que éste del Éxodo: Las aguas de Meriba. Allí, el relato de aquel milagro finaliza: …brotaron de ella aguas en abundancia y bebió la muchedumbre y sus ganados. Sin embargo, en este otro acontecimiento que estamos tratando y que se titula Brota agua de la roca de Horeb, no se menciona el éxito de la operación. Aquí, en Éx. 17, 1-7, únicamente por la promesa de Yavé, hemos de suponer que la multitud pudo saciar la sed.
Pero con independencia de esta anécdota -que lógicamente, tiene su razón de ser en la insuficiencia de los redactores para describir, de una manera adecuada, un chorro de agua saliendo de la Roca de Horeb- de la atenta lectura de esos versos han surgido hasta siete sencillas preguntas:
Primera: Como ya he anticipado, ¿por qué no se abastece de agua al pueblo en ese momento y en ese sitio, debiendo esperar algún tiempo y desplazándose a otro lugar?
Segunda: ¿Por qué Yavé ordena a Moisés?: “Vete delante del pueblo y lleva contigo a los ancianos de Israel.” 
Tercera. ¿Por qué debe llevar el cayado en la mano?
Cuarta. ¿Por qué estará Yavé allí?, en la roca de Horeb. 
Quinta: ¿Quiénes presenciaron el suceso?
Sexta. Teniendo en cuenta que los hebreos están en Rafidim, y por lo tanto, tal y como consta en Éx. 19, 2, todavía no habían llegado a la montaña de Horeb, la pregunta es: ¿se había desplazado la roca desde el monte de Horeb hasta Rafidim? Ese si que sería un milagroso milagro complementario al del agua. Y ya puestos, si Yavé ha movido una roca para abastecer de agua al pueblo, podía haberse dejado de rocas y haberse traído un humilde regato o una modesta laguna.
Séptima. La pregunta más interesante: ¿qué es la Roca de Horeb?
Pues bien, tal y como era de suponer, estas siete preguntas tienen sus siete respuestas.
Primera. Aunque no fuese en aquel mismo lugar, lo cierto es, que el suministro de agua debió ocurrir a muy poca distancia de Rafidim y, posiblemente, el pueblo sólo tuviese que desplazarse unos pocos kilómetros, transcurriendo muy pocas horas; tan solo el tiempo suficiente para que Yavé consiguiera el agua necesaria.

Segunda. Yavé ordena a Moisés: Vete delante del pueblo. Vete delante, se parece mucho a decir: Adelántate. Por eso yo me pregunto: ¿sería muy arriesgado pensar que Yavé ordena a Moisés que anteceda y se anticipe al resto de la muchedumbre?
A continuación Yavé dice: Lleva contigo a los ancianos de Israel. Y yo me vuelvo a preguntar: ¿que nos impide interpretar que Yavé está ordenando que solamente los ancianos acompañen a Moisés, y que el pueblo permanezca en el campamento a una cierta distancia? En su momento, en el capítulo dedicado al descanso sabático, intentaré explicar las razones por las cuales Yavé no desea que la muchedumbre se acerque a la Roca de Horeb. Además, en Éx. 24, 1-2, Yavé da una orden muy parecida: Sube a Yavé tú, Arón, Nadab y Abiú, con setenta de los ancianos de Israel…ellos no se acercarán, ni subirá con ellos el pueblo.
Tercera. Lleva el cayado. ¡Lógico! Yavé ordena a Moisés que no suelte ese bastón que les permite mantenerse en contacto.
Parece mentira, que durante milenios a nadie haya llamado la atención esa insistencia de Yavé para que Moisés o Arón lleven en sus manos el cayado. Claro que, posiblemente, alguien sí que pudo meditar sobre el asunto del bastón, y también, posiblemente, cuando ese alguien no se dejaba convencer con el cuento de la varita mágica, y ya que tenían el garrote a mano, le hicieron callar.
Cuarta. Yo estaré allí delante de ti, en la roca de Horeb. Esta frase podría sustituirse sin ninguna dificultad por: Te estaré esperando en mi roca. (Roca de Horeb es lo mismo que Roca de Yavé)
Quinta. Hízolo así Moisés en presencia de los ancianos de Israel. Según esta frase, que complementa aquella de lleva contigo a los ancianos de Israel, únicamente son éstos los afortunados testigos del prodigio.
En las escrituras consta: Ve delate del pueblo… lleva contigo a los ancianos… Hízolo así Moisés en presencia de los ancianos. La intención es evidente. El pueblo  no debe estar alli, no debe participar ni presenciar directamente el prodigio. Además, si el gentío hubiese estado allí mismo, la redacción del versículo, con toda seguridad, hubiese sido: Así lo hizo Moisés en presencia de los ancianos y de todo el pueblo de Israel.
Sexta. Como respuesta a la sexta cuestión solamente puedo contestar: Por supuesto; claro que la Roca de Horeb se ha desplazado; en realidad, lleva desplazándose un mes y medio.
Séptima. Efectivamente, ésta es la pregunta más interesante: ¿Qué es la roca de Horeb?
Pues, ¿qué va a ser?
La Roca de Horeb no es otra cosa sino la Gloria de Yavé.
El agua, igual que el maná, precedía de la Gloria de Yavé, que en estos versículos y en su primitiva redacción, fue conocida y mencionada como la Roca. Después, en algún momento, a los sacerdotes levitas les pareció más conveniente adornar el episodio y afirmar que el agua manó de una roca y, en consecuencia, decidieron cambiar la versión. Por supuesto, que aquella nueva interpretación ocasionaría algunas discrepancias, y mientras que unos deseaban mantener la primitiva versión, otros estaban decididos a modificarla. Al final prevaleció la solución de compromiso:
Vamos a mantener lo de la Roca, pero hacemos creer que la roca era un peñasco. 
Y así se hizo. Después, el tiempo acunó a la marmota que al final se quedó dormida. De esta forma tan chapucera y tan sacerdotal, aquella Roca-Fortaleza de Yavé, milagrosamente, quedó convertida para siempre en un hermoso pedrusco que Yavé había transportado desde el monte de Horeb para dar de beber a los hebreos.
Moisés dice en Dt. 32, 4: Él es la Roca.
Y en el versículo 18 de ese mismo capítulo: De la Roca que te crió, te olvidaste.
En II Sam. 22, 2-3, dice David: Yavé es mi roca, mi fortaleza, mi refugio. Mi Dios, la roca en que me amparo.
Según estos versículos, resulta que "roca" tiene, entre otros, idéntico significado que fortaleza, refugio, baluarte, ciudadela o castillo. Y si recordamos que la Gloria era la sólida morada y fortaleza de Yavé, tendremos que admitir, que si una roca puede ser una fortaleza, y si mencionamos la Roca de Horeb, nos estamos refiriendo al baluarte a la fortaleza de Horeb, o lo que es lo mismo, a la Gloria de Horeb.
En II Sam. 22, 32: ¿Qué roca hay fuera de nuestro Dios?
En II Sam. 23, 3: La Roca de Israel me ha dicho...
Después, en los Salmos se dice: Yavé es mi roca, mi ciudadela, mi refugio… (Sal. 17, 3).
Debemos entender que, La roca me ha dicho, es una figura retórica como en la actualidad se puede decir: La Casa Blanca ha manifestado..., El Elíseo ha informado..., El Parlamento ha dicho...
Más adelante, en el capítulo dedicado al Testimonio, cuando se trate sobre el muy enigmático y confuso episodio relatado en Éx. 33, 18-23, intentaré ampliar y profundizar un poco en este tema.
En el Pentateuco sólo se mencionan el Monte de Horeb y la Roca de Horeb. El primero, el Monte de Horeb, es la montaña donde Yavé se presenta ante Moisés. En la segunda mención, la Roca de Horeb, según nos han contado, es una roca del monte de Horeb que aparece transportada milagrosamente hasta las cercanías de Rafidim.
Posiblemente, algún lector pueda pensar que resulta un poco exagerado que Yavé se traiga una roca desde el Monte de Horeb para dar de beber a los hebreos en Rafidim. Y efectivamente, no sólo resulta un poco exagerado, sino que se puede calificar como absurda la tarea de andar desplazando rocas para dar de beber a la gente. Pero claro, la crónica de este suceso no puede resultarnos ni siquiera llamativa, si recordamos que fue realizada por la deliciosa ignorancia de un selecto ramillete de sacerdotes levitas.
Olvidando los milagros de los desplazamientos de rocas y pedruscos con el declarado propósito de dar de beber a la gente, este episodio solamente tiene una interpretación sensata:
La muchedumbre va retrasada según las jornadas proyectadas y decididas por Yavé. Es cierto que aquel pueblo andaba en busca de la tierra prometida, pero lo hacía sin prisas, a su aire. Con ello consiguió invertir el refrán que dice que el hombre propone y Dios dispone. En el caso presente es Dios quien propone, pero es el hombre quien dispone. Yavé había planteado unas etapas, pero el pueblo, por una causa o por otra, no las respeta. Sea como fuere, Yavé se ve en la necesidad de hacer un abastecimiento extraordinario de agua que en principio no tenía previsto. La nave Gloria, o sea, la Roca de Horeb, llena sus depósitos de agua potable y los vacía en alguna cavidad, pozo o cisterna impermeable, que solamente se encuentra en las proximidades de Rafidim. Junto con Moisés y Arón, sólo los asombrados ojos de algunos ancianos fueron los testigos de este acuoso y húmedo suministro.
Así es como sucedió; así lo relata el texto bíblico; y así consta en su título: Brota el agua de la Roca de Horeb; un texto que podría decir con igual propiedad:
Brota agua de la Gloria de Horeb.


Ahora, únicamente quisiera hacer notar algo que se debería tener muy en cuenta: este capítulo diecisiete del Éxodo tiene dos partes, y ambas están perfectamente diferenciadas:
La primera, Brota el agua de la roca de Horeb.  
La segunda, Victoria contra Amalec.
Puesto que estos dos episodios son los únicos recogidos en ese capítulo, y considerando el majestuoso desorden cronológico imperante en los textos bíblicos, supongamos que invertimos el orden de la colocación de los dos relatos y, en primer lugar, abordamos el asunto de los amalecitas y a continuación tratamos la cuestión del agua que brota de la roca de Horeb.
Primer episodio:
Victoria contra Amalec.
Lo primero a destacar es el eufórico título. Allí no hubo ni victoria ni derrota. Allí, lo único que se produjo, fue una demostración más de la poco comprensiva disposición, y la pésima actitud de los moradores del desierto que, en un alarde de insolidaridad, anteponen, egoístamente, el bien propio a las necesidades de una comunidad más numerosa.
Los hebreos, según las etapas dispuestas y marcadas por Yavé, se dirigen a un oasis, pozo o fuente. Al llegar a sus inmediaciones, hacen acto de presencia los antipáticos y groseros amalecitas, que se niegan en redondo a compartir el agua con aquel gentío. Ante la colérica y belicosa actitud de las gentes de Amalec, Israel no tiene otra opción que continuar el viaje.
Aquí convine hacer un pequeño inciso y preguntarse: ¿alguien puede gozar de una dosis suficiente de ingenuidad como para afirmar, impunemente, que una muchedumbre de extranjeros —más de 600.000 según los levitas— puede llegar a un oasis o a un pozo y servirse el agua que necesite?
Pues eso.

En cuanto a mi opinión en contra de una victoria sobre el pueblo de Amalec, se deduce de estas dos evidencias:
Una. La "poco exuberante" contabilidad de los muertos a filo de espada. En el último capítulo de este trabajo se realizará una detallada descripción de la “poco enorme” cantidad de amalecitas que exterminó Israel.
Dos. El rencoroso y resentido contenido de los dos últimos versículos del relato. Una victoria de Israel sobre los amalecitas hubiese propiciado un epitafio semejante a éste: Aquí cayó Amalec por luchar contra Yavé. Sin embargo, los versículos 14 y 15 nos están hablando con la amargura de la humillación sufrida: Esto no lo olvidaremos nunca, siempre seremos enemigos y algún día os destruiremos.
Segundo episodio:
Brota agua de la roca de Horeb.
Ante la poco amistosa postura de Amalec, Yavé, dando un ejemplo más de lo que se supone que debe ser el comportamiento de un ser justo y razonable, no desea doblegar la voluntad de nadie; ni tampoco consiente que Israel intente por la fuerza aproximarse al pozo. Y además, admite como lógica y comprensible, la postura intransigente de los amalecitas, que únicamente están defendiendo el agua de su supervivencia. Como conclusión, el Señor de la Roca decide que los hebreos continúen su camino y programa un abastecimiento extraordinario y casi inmediato. Con la cisterna de la nave proporciona agua suficiente para un pueblo sediento.
Lógico, natural y muy comprensible. Muy comprensible…, para casi todos.


En los dos episodios recogidos en Éx. 17, Yavé ayuda nuevamente a los hebreos: evitando la batalla contra los amalecitas y proporcionando agua a una multitud sedienta.
La Roca de Horeb no es un peñasco en el desierto; la Roca de Horeb es la morada de Yavé; la Roca de Horeb no es otra cosa sino la Gloria de Horeb. Por esta razón, Meriba o Mará ––dos lugares donde Yavé obtuvo agua potable para dar de beber a Israel––, jamás han sido conocidos como Meriba de Horeb o Mará de Yavé.


ÉXODO 3-14