Capítulo X - El bastón

Es muy posible que algún lector todavía recuerde aquella entrevista personal, mantenida entre Yavé y Moisés junto a la “zarza ardiente” en el monte Horeb. Pues bien, después de aquel vis a vis, y hasta que el pueblo hebreo, en el inicio del Éxodo llega a Sucot, en ningún momento se hace mención de que Yavé, o el ángel de Yavé, o la Gloria de Yavé, con la nube o sin la nube, se presentasen, se apareciesen o se dejasen ver nuevamente. Y todo eso, a pesar de la magnífica, aunque imprecisa promesa que Yavé hace a Moisés en Éx. 3, 12, cuando dice: Yo estaré contigo, y ésta será la señal de que soy yo quien te envía.
Recordemos esta palabra: señal. Y recordemos también, que mucha gente se hace un lío con las señales.
 
Ateniéndonos a las Escrituras, se presente o no se presente la Gloria, nos encontramos con una innegable realidad: durante toda la negociación que da motivo y ocasión a las pintorescas y folklóricas plagas de Egipto, Yavé transmitía sus ordenes a Moisés. Así consta cuando el texto bíblico dice: Yavé dijo a Moisés... Dios habló a Moisés... Habló Yavé a Moisés y le dijo...
Y, si Yavé no hace acto de presencia, y no obstante, sabemos que habla con Moisés y Arón, no tenemos otra opción que preguntarnos: ¿de qué forma, con qué sistema, se establecía la comunicación entre ellos? ¿Milagrosamente?
Puesto que, por una parte habíamos decidido olvidar los milagrosos milagros, y por otra estamos obligados a entender el procedimiento con el que se establecía la comunicación entre Yavé y Moisés, abro aquí ––pues creo que es el lugar adecuado––, un brevísimo paréntesis para resaltar otra de las grandes singularidades del libro del Éxodo, que lo diferencia de esa colección de preciosas, entrañables y muy entretenidas leyendas y cuentos recopilados con el título de Génesis.
En el libro del Éxodo, cualquier lector que lo desee podrá comprobarlo, hay mucho insomnio. En ese asombroso libro no se pueden encontrar sueños como los de Abraham, de Jacob, de José, o los de aquel Faraón, amiguete de José, que andaba el hombre preocupado con las vacas flacas y mosqueado con su panadero y con su sommelier. Ni aquí en el Éxodo, ni tampoco en Levítico, Números y Deuteronomio, en ninguno de estos cuatro libros, Yavé anda sirviéndose de ensoñaciones, fantasías oníricas, alucinaciones o pesadillas.
Aquí Yavé va a cara descubierta; Yavé no duerme ni anestesia a nadie antes de hablarle; Yavé, como hemos visto en el capítulo de las Pruebas, ni siquiera recomienda la siesta. Y eso, además de ser muy de agradecer, es muy revelador y marca las diferencias. Hasta tal punto esto es así, que incluso el mismo Yavé, en Núm. 12, 6-8, efectúa un comentario donde quiere resaltar la evidente diferencia que existe entre los sueños y la conversación en directo cuando dice: “Oíd mis palabras: Si uno de vosotros profetizara, yo me revelaría en él en visión y le hablaría en sueños. No así a mi siervo Moisés, que es en toda mi casa el hombre de confianza. Cara a cara hablo con él, y a las claras, no por figuras…”
No sería Dios, pero Yavé hablaba y se expresaba como Dios; o mejor que él.
Fin del breve paréntesis.


Aunque ya se rozó este tema cuando se trató del asunto del alumbrado nocturno en el capítulo de la Gloria de Yavé, ahora, con la intención de resaltar que los Señores del Cosmos no permanecían continuamente en el Sinaí, lo estudiaremos un poco más a fondo.
Y algún lector podrá preguntarse:
¿Qué pretende el autor de este trabajo, insistiendo nuevamente en el tema de la discontinua presencia de Yavé entre los hebreos?
Pues verá: en aquella primera vez se intentó resaltar la tecnología de la que gozaba Yavé; ahora, simplemente, se desea evidenciar que aquellos gloriosos visitantes no vinieron a nuestro mundo para permanecer día y noche junto al pueblo de Israel, sino que se desplazaron por otros lugares de la Tierra. Y que, si bien es muy cierto que atendían con asombrosa diligencia los requerimientos de Moisés, se precisaba de algunos medios técnicos para establecer el contacto.
Si respetamos una aparente cronología de los sucesos, después de iniciado el Éxodo y hasta que comienza el abastecimiento del maná, exceptuando algunas apariciones puntuales, se advierte que Yavé no acompaña al pueblo en todo momento, y más bien produce la sensación de que los conduce y protege desde la distancia y haciendo solamente ocasionales actos de presencia.
Por si una o dos personas, no más, ponen en duda esta afirmación, creo que al menos debo intentar hacer de ella una razonada defensa.
Son varias las ocasiones en las que Yavé promete a Moisés que le acompañará. En Éx. 3, 12: Yo estaré contigo. En Éx. 33, 14: Iré yo mismo contigo. Y en Éx. 33, 17: Yo mismo iré delante de ti.
Yavé, en el monte de Horeb había dado las ordenes en persona a Moisés; acto seguido el profeta regresa a Madián. Poco después de esa primera ocasión en la que Yavé se había puesto en contacto con Moisés, nos encontramos con otro contacto. Es en Éx. 4, 19, donde se dice: En tierra de Madián dijo Yavé a Moisés... Según esta cita, y si entendemos tal y como consta en Éx. 4, 18, que Moisés se ha alejado del monte Horeb hasta llegar a casa de su suegro, deberemos admitir que después de la entrevista junto a la zarza, Yavé habló nuevamente a Moisés. Después, en numerosas ocasiones durante las plagas, queda constancia de los frecuentes contactos entre Yavé y Moisés.
Posteriormente, ya iniciado el éxodo, en Éx. 13, 21, se dice: El Señor iba delante... para marcarles el camino...
En este versículo da la sensación de que, por aquellos tiempos, Yavé todavía no dominaba el socorrido sistema de las estrellas que guían el camino, y ni si siquiera estaba al corriente del más rústico método de las piedrecitas de Garbancito.  Uno cualquiera de esos dos procedimientos, le hubiera excusado de verse obligado a ir todo el rato señalizando la ruta. Pero además, estas frases producen la impresión de una continua presencia de Yavé. Sin embargo, en otras ocasiones, se advierte que Yavé no estaba con ellos, y por esa razón, Moisés no tiene otro remedio que llamarle. Así en Éx. 15, 25: Moisés clamó al Señor... Como es lógico, sí Yavé hubiese estado allí, no habría sido necesario que Moisés le llamase. Pero de todas formas, se debe señalar, por si alguien no se entera todavía, que a un Dios, a lo que se dice un Dios, no es necesario llamarle; Él sabe quien le necesita. Claro que, si lo que ese dios desea es que le llamen, la cosa cambia.
Después, y como ya se mencionó, en Éx. 16, 10 se dice: Mientras Arón estaba hablando miraron hacia el desierto, y vieron aparecer la gloria de Yavé en la nube. Si los hebreos vieron aparecer la Gloria de Yavé, es por la sencilla razón de que, con anterioridad, no estaba allí. Muy parecida es la última frase de Núm. 20, 6: Apareció la gloria de Yavé.
En Éx. 17, 9, cuando se está planteando la batalla contra los amalecitas, Moisés dice a Josué: Yo estaré en la cima de la colina teniendo en la mano el bastón de Yavé. Moisés está dando órdenes a Josué, a quien advierte y a la vez anima, diciendo que aunque Yavé no está allí, él estará en contacto con el Señor de la Gloria. Y efectivamente, Moisés permanece todo el día con las manos levantadas intentando hablar con Yavé. Otra cosa es, si en este caso cocreto, Yavé aporta la solución que demanda Moisés para que los señores de los cielos diesen la victoria a los hebreos. Aquí, nuevamente, Yavé mantiene la más escrupulosa neutralidad, y se limita a evitar la sangrienta contienda que se plantea entre hebreos y amalecitas. 
Después, al llegar al monte del Sinaí, Yavé “llama” a Moisés: Éx. 19, 3: El Señor le llamó desde la montaña. Aquí, también es indiscutible que en ese momento no estaba presente allí mismo puesto que le llama desde la montaña. Una vez allí, es cuando anuncia en Éx. 19, 11: ... pues pasado mañana bajará (se refiere a Yavé) al monte Sinaí a la vista de todo el pueblo. Y efectivamente, según dice Éx. 19, 16: Al tercer día, a eso del amanecer...
Si bien es muy cierto que tenemos algunos versículos más donde se evidencia que Yavé no estaba con los hebreos en todo momento ( Éx. 17, 1; Éx. 17, 4; ), también es verdad que Yavé siempre estaba en contacto con Moisés, y por supuesto, que Moisés podía llamar a la Gloria si entendía que eso era necesario. Y además, se puede asegurar que en todo momento, mientras Yavé permaneció en nuestro mundo, la llamada de Moisés fue siempre atendida con gran prontitud ––así lo declara Moisés en Dt. 4, 7––; e incluso en la batalla contra el pueblo de Amalec, aunque no se diga en Éx. 17, Yavé atendió la llamada de Moisés.


Admitido el frecuente y rápido contacto entre Yavé y Moisés, es muy lógico preguntarse: ¿cómo?, ¿de qué forma?, ¿con qué sistema se ponían en comunicación?
Por supuesto, se puede responder afirmando que ésta es una pregunta capciosa, innecesaria y absurda. Se puede contestar, asegurando que el contacto se establecía de la misma forma que hace Dios todos sus actos:  
Milagrosamente y sin que el hombre tenga capacidad para comprenderlo.

De acuerdo. Pero como decía aquel del cuento: Vale, pero ¿hay alguien más?
Yo creo que sí; yo creo que hay más.
Y ese algo más está allí donde debía estar; en el libro del Éxodo, en siete capítulos distintos y en un montón de versículos: 4, 1-17-20; 7, 9-10-15-17-20; 8, 1-12-13; 9, 23; 10, 13; 14, 16; 17, 5-12.
La solución está en el bastón, en el cayado, en la vara.
Y ahora, sin la menor duda, dos de los tres lectores que todavía pasean sus ojos por este trabajo, dirán: ¡Eso!; ¡lo que tu digas! Anda, cuéntanos algo de la garrota.
A eso voy. Con permiso.
Al principio, como sucede con demasiada frecuencia en el libro del Éxodo, todo este asunto se presenta muy confuso; pero después de leerlo y releerlo muchísimas veces, es cuando se advierte una circunstancia o coincidencia muy llamativa:
En cada ocasión en que Yavé, sin estar presente con su gloria, habla con Moisés, éste, en esos momentos, siempre tiene el bastón en su mano.

Es entonces cuando se empieza, sino a entender, al menos a vislumbrar algún significado en este tema. Es cuando percibimos que Moisés, además de servirse de ese bastón para, supuestamente, realizar las milagrosas señales, utiliza ese garrote para algo más.
Porque lo cierto es que, si se medita un poco, no tienes otra opción que preguntarte: ¿que historieta es ésta del bastón?; ¿para qué necesitaba Yavé una garrota?; ¿qué interés podía tener el Señor del Cosmos para insistir en muy diferentes ocasiones, en que Moisés tuviese en sus manos un cayado?
Seamos respetuosos:
Intentemos olvidar esas interpretaciones impenetrables, arcanas y misteriosas; tengamos bien presente que Yavé no era un brujo ni un mago; intentemos prescindir de esa imagen que nos han imbuido durante siglos, y que nos presenta un dios practicando malabarismos con una varita; comprendamos y admitamos que Yavé era un ser dotado de una gran inteligencia y un enorme poder y, que esas características, junto con la prudencia y la generosidad, las ponía al servicio de los moradores del universo.
El bastón no es esa varita mágica de los cuentos de magos y hadas; el bastón no tiene capacidad para hacer prodigios; ¡ni mucho menos!
El bastón es, simplemente, un emisor de señales.

Y además, así consta en Éx. 4, 17 cuando Yavé dice a Moisés: "El cayado que tienes en la mano, llévalo, y con él harás las señales”. En la Torah también se dice: Y tomarás en tu mano esta vara, con la cual harás las señales.
Naturalmente, que la palabra “señales”, ha sido entendida e interpretada por los magos y hechiceros sacerdotes, como signos, muestras o manifestaciones. Pero, seamos lógicos: ¿para qué, con qué motivo, por qué razón iba a desear Yavé que Moisés o Arón tuviesen una varita mágica?; ¿para tocar las aguas del Nilo?; ¿para apartar las aguas del mar Rojo?; ¿para sacar agua de la Roca de Horeb?; ¿acaso ese bastón era la varita de un zahorí buscador de aguas? Si Yavé desea que Moisés aparezca ante la gente como su enviado, basta conque le ordene que extienda su mano sobre el río, sobre las aguas del mar o que hable con la roca; pero nada más. Si algunas mentes, interesadamente ingenuas, no han concedido a Yavé el respeto que sin duda merece, por lo menos deberían admitir que obraba con sencillez y naturalidad.
No. Ni Yavé ni Moisés ni siquiera Arón, necesitaban el bastón para hacer “milagros”.
Lo que en verdad sí que resulta muy cierto es que, a través de ese bastón  se establece la necesaria comunicación entre Yavé y Moisés. Es más, casi con toda seguridad, el bastón sea únicamente un cayado de pastor al que los técnicos de la Gloria han incorporado o adherido un pequeño dispositivo electrónico que envía impulsos eléctricos o señales que son recogidas en la astronave, y que al mismo tiempo, tiene adaptada una pequeña radio, a través del cual Moisés escucha la voz de Yavé.
Sería muy conveniente que esto quedase muy claro:
Moisés podía escuchar a Yavé sirviéndose de ese bastón. Sin embargo a través de ese aparato, Moisés no podía hablar con la Gloria; únicamente le servía para emitir señales. Para que Yavé escuchase “la voz” de Moisés era necesaria la chapita o lámina. En su momento, cuando estudiemos las vestiduras sacerdotales, comprenderemos a que lámina me estoy refiriendo.

Este asunto del bastón, al principio, tampoco era tan obvio y comprensible. La mayor dificultad, lo que desde el primer momento ocultaba la solución y ha conseguido confundirme durante mucho tiempo, era algo muy simple:
¿Cómo se podía uno imaginar, que ese bastón pueda ser algo más que un cayado de pastor, si resulta que ya lo tenía Moisés en su poder antes de la entrevista de la zarza?
Entonces no advertía, que lo que en realidad sucedió, fue que existieron dos bastones: el de Moisés y el de Yavé. Dicho con mayor precisión, posiblemente no fuesen dos bastones, sino un mismo y primitivo garrote algo modificado y mejorado. De todas formas, el número de bastones carece de importancia; entre otras razones, porque si hay algo que tenemos garantizado durante una expedición de pastores por un desierto es que bastones, cayados y garrotes no han de faltar.
Es en Éx. 4, 2, cuando por primera vez se menciona el bastón, y además, aparece en manos de Moisés. ¿Que hay más lógico que un cayado o garrote en la mano de un pastor? No obstante, al parecer, Yavé no identifica ese instrumento y pregunta a Moisés. “¿Qué es lo que tienes en la mano?”. Él (Moisés) respondió: “Un cayado”.
Aunque resulte innecesario, y yo solamente insista para machacar el asunto, podemos preguntarnos: ¿de quien es ese cayado?
La respuesta en obvia: sin duda ese cayado es de Moisés.
Vale.
Unos versículos después, en Éx. 4, 17, Yavé dice a Moisés: “El cayado que tienes en la mano, llévalo y con él harás las señales”. Es entonces cuando se recuerda que en Éx. 3,12, Yavé ha dicho: "Yo estaré contigo, y ésta será la señal de yo soy quien te envía", y que ahora, en Éx. 4, 17, dice: "El cayado que tienes en la mano, llévalo, y con él harás las señales".
Aquí es cuando se aprecia por primera vez, la importancia que Yavé concede al bastón, y cuando anuncia su utilidad. Servirá para hacer señales. Es entonces cuando algo empieza a llamar la atención; sin embargo, el asunto todavía no está muy claro.
Y efectivamente, la cuestión del rústico garrote toma otra dimensión y un distinto significado cuando el versículo 20 de ese mismo capítulo, consta: Tomó, pues, Moisés a su mujer y a su hijo, y, montándolos sobre un asno, volvió a Egipto, llevando en sus manos el cayado de Dios.
¿Qué lleva Moisés en sus manos?
Un cayado.
¿De quien es el cayado?
Aquí dice que es el cayado de Dios.
Así pues, ese cayado es de Dios y no es de Moisés. Y además, como se puede apreciar, el cronista bíblico, al mencionarlo, concede al bastón la importancia que merece. Yavé no había ordenado a Moisés que llevase a su mujer, a su hijo y a su asno, únicamente le manda que lleve el cayado.
Vale.
Otro sí.
En la batalla contra los amalecitas, (Éx. 17, 9) Moisés dice a Josué en el momento de enviarle al combate: Yo estaré en el vértice de la colina con el cayado de Dios en la mano.
Y yo pregunto otra vez, ¿de quien es el cayado?
Aquí dice que es el cayado de Dios.
Y también me pregunto: ¿y que le importa a Josué que Moisés tenga un garrote en la mano?
Pues le importa mucho; porque ese objeto es, ni más ni menos, un "móvil" que les permite establecer comunicación con el Señor de los Cielos.
Se podrá entender o no, eso queda para cada uno, pero lo que resulta indudable y no se puede negar, es que en un mismo capitulo, el cuatro del Éxodo, versículos 2-4 y 17, aparece un bastón que es de Moisés, y que, posteriormente, en el versículo 20, ya solo se menciona el cayado de Dios.
Claro que, como antes afirmé, bastones no han de faltar. Y sin ir más lejos, ahí tenemos un tercer garrote, el de Arón. Un bastón que se define con precisión (Éx. 7, 9) como vara de Arón y que se cita en Éx. 7, 10; 12; 17; 19; Éx. 8, 1; 12; 13: Éx. 9, 23; Éx. 10, 13.
No obstante, a nosotros sólo nos interesa uno, el bastón de Yavé, o lo que es lo mismo, el bastón de Moisés mejorado. Que por cierto, no debe ser utilizado para golpear nada, ni para “herir” la roca o el agua.
Además, si lo piensas bien, y tal y como me he preguntado antes, ¿para qué iba a necesitar Yavé que Moisés llevara un garrote en la mano?
Algunos”, los de siempre, responderán: ¿pues para que va a ser?, para “herir” la roca. Y añadirán a continuación: Por supuesto que Yavé no necesitaba que Moisés llevase un bastón, pero Dios decidió que hubiera un símbolo visible; que el prodigio tuviese un medio material que... bla, bla, bla. Y yo, tímidamente, les contestaré: lo que me figuraba; no lo entendieron entonces; continúan sin entenderlo ahora tres mil años después y, por supuesto, tampoco lo entenderían dentro de otros tres mil años aunque fuera el mismo Yavé quien se lo explicase. Y es que siempre se ha dicho que no hay más ciego que aquel que no quiere o que no le interesa ver.

Hiere la roca. ¿Por qué y con qué debe herir la roca?
Para dar una respuesta adecuada debemos reparar en algo muy importante: Ni aquí, en Éx. 17, 5-7, ni en Núm. 20, 7-11, en ninguno de los dos relatos, Yavé ha ordenado a Moisés que golpee la roca con el bastón. Repito, en ninguno de los dos episodios existe ese mandato. En Éxodo dice: ...lleva también en tu mano el cayado... golpea la roca... Que yo sepa, el hecho de que Yavé le ordene llevar una vara en la mano, no quiere decir que el Señor de la Gloria le esté indicando que con ella debe golpear en la roca.
Veamos una ilustrativa parábola que nos servirá como pequeño ejemplo aclaratorio:
En aquel tiempo..., un padre y su hijo adolescente paseaban por el campo. El hombre dice al chico: Sube hasta aquella cima y lleva en tu mano el teléfono móvil. Cuando estés allí, golpea la roca.
Al llegar a la cima, el chaval no tiene otra ocurrencia que golpear la roca con el teléfono.
El padre, además de entristecerse y preocuparse mucho por el incierto y poco halagüeño porvenir de su hijo, y al mismo tiempo que le reprende, le preguntará: ¿quién te ha mandado que atices a la roca con el teléfono?
Fin de la parábola del hijo... tonto.

En ese mismo capitulo diecisiete, en el versículo cuatro se dice: Moisés clamó a Yavé … Si la palabra clamó, la sustituimos por otro de sus significados nos encontramos con: Moisés llamó a Yavé. ¿No suena de otra forma? Pero que nadie se líe; Moisés, a través del bastón no decía una sola palabra a Yavé; nadie puede decir que en alguna ocasión vio a Moisés echando una parrafada a la garrota. El bastón sólo enviaba señales.

A continuación, también en ese capítulo diecisiete, en su versículo cinco, Yavé dice a Moisés: “Vete delante del pueblo y lleva contigo a los ancianos de Israel; lleva en tu mano el cayado con que heriste el río, y ve, que yo estaré allí delante de ti, en la roca de Horeb. Hiere la roca, y saldrá de ella agua para que beba el pueblo”.

Aunque este pasaje lo estudiaremos con detenimiento en el capítulo siguiente, aquí efectuaremos un breve comentario.

Además de constituir una demostración más de la importancia que Yavé concede al bastón, aquí Yavé ha insistido, y nuevamente ha dicho: lleva en tu mano el cayado con el que heriste el río. Naturalmente que la traducción correcta sería: lleva en tus manos el cayado que portabas cuando heriste el río. No es necesario ser traductor de hebreo, arameo o quechua para tener sentido común e interpretar lo que ha podido decir una mente lógica. Aquí, en este versículo, Yavé dice a Moisés que lleve el cayado, “ese” cayado. Y Moisés sabe muy bien a que cayado se refiere el Señor del Cosmos.

En Núm. 20, se relata algo muy curioso respecto al bastón, a las ordenes de Yavé, a la interpretación que de ellas hace Moisés y a la contrariedad del Señor del Cosmos al advertir que no le habían entendido. Ocurrió de esta manera:

El pueblo está muy rebotado, e incluso podemos decir que está de muy mala leche por la falta de agua. De forma airada, aquellas gentes presentan sus quejas ante Moisés y Arón. Los dos hermanos se alejan de la muchedumbre y se encaminan hacia la tienda de la Reunión. Después, a la entrada de la tienda, se postran con el rostro en tierra.

Empecemos a desmenuzar para intentar descifrar. ¿Qué es lo que hacen Moisés y Arón?
Pues hacen dos cosas: marchan hasta la Tienda de la Reunión y se postran en el suelo.

¿Para qué van hasta la Tienda de la Reunión? ¿Por qué no se postran en el suelo en ese mismo sitio donde están hablando con sus hermanos hebreos?
Pues, sencillamente, porque esa es la reacción más sensata y racional. Además de intentar poner tierra por medio y cobijarse en el recinto sagrado de la tienda de la Reunión, donde con toda seguridad ,siempre hay un destacamento de guerreros levitas, se dirigen ese lugar porque allí es donde está el cayado de Yavé. Solamente después de tener el cayado se inclinan en el suelo.
¿Para qué se postran en tierra?
En buena lógica, con el cayado en la mano, ya pueden clamar o llamar a Yavé.

¿Y que es lo que ocurre entonces?
Pues, sencillamente, sucede lo de siempre; Yavé atendiendo a la llamada se presenta con su Gloria.
Pero veamos como lo dicen las Escrituras, y prestemos mucha atención, porque estos versículos tienen su aquel. Sucedió así:
Núm. 20, 6: Moisés y Arón se apartaron de la muchedumbre, a la entrada del tabernáculo de la reunión, y se postraron rostro a tierra. Apareció la gloria de Yavé.

En primer lugar advertimos, abundando en lo tratado al principio de este capítulo, que en esta nueva ocasión la Gloria tampoco estaba allí, y por esa razón se dice: Apareció la gloria de Yavé. Después, en los versículos siguientes (Núm. 20, 7-12), cuando ya se ha presentado la Gloria ––pero no antes––, Yavé habló a Moisés diciendo: Coge el cayado y reúne a la muchedumbre, tú y Arón, tu hermano, y en su presencia hablad a la roca, y ésta dará sus aguas; de la roca sacarás agua para dar de beber a la muchedumbre y a sus ganados”. Moisés tomó de delante de Yavé el cayado, como se lo había él mandado; Juntando Moisés y Arón a la muchedumbre delante de la roca, les dijo: “¡Oíd, rebeldes! ¿Podremos nosotros hacer brotar agua de esta roca?”. Alzó Moisés su brazo e hirió con el cayado la roca por dos veces, y brotaron de ella aguas en abundancia, y bebió la muchedumbre y sus ganados. Yavé dijo entonces a Moisés y Arón: “Porque no habéis creído en mí, (léase: porque habéis desconfiado y no habéis ejecutado correctamente mi orden) santificándome a los ojos de los hijos de Israel, no introduciréis vosotros a este pueblo en la tierra que yo les he dado”.


Revisemos estos versículos, advirtiendo que en ellos el cayado es citado en tres ocasiones.

Lo primero que dice Yavé es: Coge el cayado. Ya estamos viendo que Yavé sigue insistiendo con el cayado ––y nadie piense que es una manía de Yavé––. Lo hace así, porque es la única forma de poder transmitir ordenes al profeta sin estar allí presente con la Gloria.

Hablad a la roca. Yavé no dice hiere la roca. Sólo le ordena que hable a la roca.
Moisés tomó de delante de Yavé el cayado, como se lo había él mandado. Moisés obedece a Yavé y coge el garrote.

Hirió con el cayado la roca dos veces. Moisés, aunque ha oído que debe hablar a la roca, interpreta que debe golpearla, pero no era así. Por esa razón tiene que golpear dos veces. Aquí, Yavé le echa una mano sin interpelarle: ¿quién te ha mandado golpear la roca? De todas forma, Yavé está irritado y castiga. (Núm. 20, 12)

Ya tenemos respuestas lógicas a las preguntas que se plantearon al inicio de este capítulo. Ese bastón no es para golpear nada. Ese bastón no es para jugar a la magia y convertirlo en serpiente. Ese bastón no es para tocar las aguas del Nilo, ni para atizar trancazos a la Roca de Horeb. Ese bastón es solamente para hacer señales.

Que existan dos bastones o uno sólo modificado, en realidad carece de importancia. Con ese bastón, Moisés hace señales que son recibidas en la nave Gloria.

Y como ya informé al tratar el tema de la Gloria de Yavé, cuando recordé que el asunto de los platillos volantes ni siquiera era nuevo, ahora debo añadir que los teléfonos móviles tampoco suponen una novedad de última generación en la historia de los hombres.

Sirviéndose de ese bastón, Yavé y Moisés estuvieron en permanente contacto, hasta que construido el Tabernáculo, Yavé se alejó de nuestro mundo. Desde entonces, desde aquel triste momento, para mantener la comunicación entre ambos se prescindió del "garrote de las señales" y únicamente quedó el “ángel”.

El bastón es el walky-talky que, por medio de pulsaciones o señales,  establecía la comunicación entre la Gloria y Moisés.


ÉXODO 3-14