Introducción: Éxodo 3,14





Tu vida es el mejor libro; no te niegues a pasar página.       

Por la innegable certeza e indiscutible evidencia de un acontecimiento que nadie podía negar, y, sobre la sólida cimentación de un recio escenario, unos tramoyistas aficionados edificaron una torre de arena, una ilusa promesa, una absurda ficción, que precisaban ser consolidadas casi a diaria, y que, con apariencia de "divina" esperanza, complementaba un artificioso decorado,
Por si acaso algún fervoroso pastor de almas no ha entendido el parrafito, se lo aclaro con mucho gusto:

Asentada sobre la base de una gran verdad, construyeron una gran mentira.

Una gran mentira de la que, por cierto, llevan  'viviendo' más de tres mil años.
No obstante, desde aquel lejano primer momento, y tomando la forma de las más razonables dudas, todas o casi todas las teorías, suposiciones y certezas que se exponen en este trabajo, quedaron escritas de forma indeleble en los corazones de los hijos del hombre. Sin embargo, estando escritas, nunca fueron "pasadas a limpio" y, por supuesto, jamás han sido publicadas.

¿El motivo?
Pues, la explicación se asienta en un doble e indiscutible fundamento:
Por una parte, la amenazadora e implacable represión impuesta por los “representantes" de los dioses, asistidos por sus embaucadores "intermediarios" y potenciados por los "piadosos" inquisidores.
Por otra, el comprensible y muy razonable temor del hombre a perder la protección de los "bondadosos" dioses y prescindir de la acogedora quimera de un “paraíso post mortem”. Se dice que mientras hay vida hay esperanza; pues bien, una gran mayoría de personas no pierde la esperanza ni para después de haber perdido la vida. Y, sinceramente, ¿quién puede pretender arrebatarles ese derecho?
De una forma u otra, éstas han sido las dos razones principales que nos han privado de conocer la auténtica verdad. Por fortuna, como diría el rey Josías, todavía disponemos de una sólida esperanza:


El libro del Éxodo


Pero no; no estoy aludiendo a ese libro que todos conocemos y que fue integrado en el bíblico Pentateuco; ni  tampoco aquel que otro que se cobija en la Torá con el título de Nombres. Yo me estoy refiriendo al libro original; al legítimo y auténtico relato de la presencia de Yavé en el Sinaí. Una crónica que, afortunadamente, y con el recato de la prudente verdad, subyace silenciosa, pero no muda, en ese extraordinario libro.

En el auténtico y original Libro del Éxodo, podemos encontrar todas, o casi todas, las respuestas a las más interesantes y determinantes preguntas de los hijos del hombre. Y como primera respuesta a esos miles de incógnitas,  allí, en ese asombroso Libro, en  su capítulo tercero, versículos catorce y quince (3,1415 = número PI), quedaron reseñadas las palabras de Yavé, cuando, contestando a  Moisés que le ha preguntado por su nombre, se identifica diciendo: YO SOY EL QUE SOY;  o lo que es lo mismo, YO SOY YO; palabras que, en definitiva, deberían interpretarse como: MI NOMBRE NO IMPORTA.

Esta portada de introducción tan sólo pretende ser un escaparate, y, con el propósito de no disponer gratuitamente del tiempo del lector, a continuación le anticipo una declaración de intenciones y le presento un breve muestrario de las teorías e hipótesis que podrá encontrar en este ensayo.
En primer lugar, la declaración de intenciones:

En este trabajo he pretendido tratar con el máximo respeto todas las creencia y a todos  los creyentes. No podría ser de otra manera, puesto que las personas que más he querido, han sido creyentes. Pero -siempre hay un pero-, yo solamente respeto las creencia y a los creyentes que son merecedores de respeto.

Naturalmente, se puede y se debe argumentar: ¿Y quien eres tú para creerte capaz de juzgar y decidir lo que es y lo que no es digno de ser respetado?
No puede usted tener más razón. Por eso yo le invito:
Sea usted quien decida en cada caso. No permita que nadie juzgue en su nombre. Escuche a todos; medite la información recibida y después concrete su opción. Y por favor, recuerde: esa opción libremente decidida y aceptada, es válida sólo para usted. Si así lo desea, puede permitirse ser tan osado como para afirmar que tiene la razón; pero sería algo más que osadía pretender que los demás estén de acuerdo con usted. Sus ideas puede compartirlas, pero no tiene derecho, ni el más mínimo, a imponerlas a los demás. 

Si, por ejemplo, tal y como algunos levitas hicieron constar en Éx. 12, 29, un dios, por una cuestión de razas, religión (motivos que califican al genocidio), o por cualquier otra "justa" razón, ordena la muerte de niños egipcios, resultará muy conveniente que sea usted quien decida y juzgue si ese dios y quienes defienden esa historieta, son merecedores de su respeto. Si usted decide y juzga que sí son dignos, así sea.

Pero incluso de este sórdido ejemplo, con el que he pretendido de una manera vergonzosa influir en su libre interpretación, deberá usted dudar. Y deberá dudar, porque si después de meditarlo entiende que no tiene suficientes elementos de juicio para decidirse, no concrete su opción. Mejor la duda que el error.

De todas formas, con más o menos 'suficientes' elementos de juicio, tal vez debería olvidarse de esa 'democrática' coletilla que dice:

Yo respeto todas  las ideas, aunque no las comparta.

Y debería olvidarse de esa tolerante coletilla porque matar niños no puede ser nunca una idea a respetar, y, tal vez, sólo debería ser compartida por los `tolerantes´ ungidos. Repito: No es una idea a respetar. Y esto, a pesar de los muchos, muy 'juiciosos y muy milagrosos' que sean los argumentos que presenten quienes la defiendan; y por 'muy malísimos' que fueran aquellos niños a quienes quitaron la vida.
Por esta razón, repito: es usted quien debería decidir. Y no consienta que nadie intente equivocarle, porque:

Lo que no es respetable, no es digno de respeto.

Y, después de esta 'respetuosa' declaración de intenciones, usando del más bíblico de los números, en esta introducción les presento y ofrezco estas siete teorías:
  • Primera: El hombre, en contra de los que afirman los 'piadosos' sacerdotes, es tan poderoso, que sin la ayuda de nadie ha creado a los dioses.  Y hemos creado las "divinidades", porque nuestro temor ante los peligros de la vida, y sobre todo ante el vacío de la muerte,  nos lo ha  facilitado. 
  • Segunda: Hace más de tres mil años, desde los cielos descendió un "dios" para informarnos y demostrarnos que no hay ningún dios; un "dios" que nos dijo que los dioses, las diosas, los ángeles, los demonios y los demás espíritus celestiales no existen. Perdón, no he querido decir eso; claro que existen; existen y están muy presentes, pero sólo en nuestros deseos, en nuestras ilusiones  y, sobre todo en nuestros temores.
  • Tercera: Yavé no es un dios. Él mismo nos lo dijo cuando afirmó: YO SOY EL QUE SOY.
  • Cuarta: Yavé, no siendo dios, tuvo un comportamiento con los hijos del hombre que le hace digno del mayor respeto. Y por mí, que tengo tanto derecho a opinar como otro cualquiera, se le debería nombrar Dios. Naturalmente, él no lo aceptaría; es más, le resultaría ofensivo.
  • Quinta: En el universo no estamos solos. Hace más de tres mil años fuimos visitados por inteligencias extraterrestres. Y, posiblemente, aquella no fuese la primera vez.
  • Sexta: Los visitantes expedicionarios convivieron, estudiaron y protegieron a los hijos de los hombres durante casi dos años. Después, en el momento de reiniciar su viaje, nos entregaron un documento en piedra y un receptor de radio. El documento en piedra es el Testimonio de Yavé; el receptor de radio es el Ángel de Yavé.
  • Séptima: Aquel receptor de radio -el ángel, el mensajero, la voz de Yavé-, tenía sus componentes en el 'absurdo' mobiliario del Tabernáculo. Ese mobiliario, esos módulos de la  radio son: el arca, el propiciatorio, el candelabro, la mesa, los dos altares con sus cuernos, y, sobre todo, el efod, el pectoral y Tummim-Urim. Cada uno de esos "utensilios" fue diseñado por Yavé para que cumpliese una misión muy concreta como componente de un transmisor-receptor de radio.                                                   

Yo se que todo esto es dificil de admitir por quienes desean refugiarse en las ilusiones que ampara esa entelequia llamada fe, y más todavía, si estimanos las pruebas que han sido aportadas por aquellas almas que han regresado para der testimonio de la vida eterna; pero por muy difícil que resulte prestar atención a otra interpretación, no deberíamos rechazar la más o menos atractiva realidad. Y cuando todas o algunas de las teorías aquí expuestas le parezcan disparatadas, desista de la lectura de este trabajo, consulte las Escrituras  y deleitese en los cientos de episodios relatados por los iluminados levitas. Allí encontrará la "divina" interpretación de unos sucesos, que sin la menor duda y, antes de "meterlos su piadosa mano", resultaban lógicos, comprensibles y auténticos episodios vividos por los hijos del hombre en aquellos tiempos en los que tuvimos la dicha de recibir la visita de Yavé.

Y ahora, si entiende que estos temas pueden interesarle, siga adelante.  Pero antes, por favor,  lea la breve ADVERTENCIA del Prólogo.


ÉXODO 3-14